|
A lo largo de la historia, el ser
humano ha estado mucho mejor adaptado a ganar peso que a perderlo
como consecuencia de un proceso evolutivo derivado de la constante
amenaza de falta de alimentos. Durante este proceso de cientos de
miles de años, la naturaleza se encargó de seleccionar a aquellos
individuos que dispusieran de un “metabolismo” que permitiera
aprovechar lo poco que conseguían comer almacenándolo en forma de
grasa. Esto explica que desde hace siglos las diversas culturas de
cualquier parte del planeta hayan coincidido en considerar a la
obesidad como un “seguro” de vida. Esta ventaja tenía lógica si
tenemos en cuenta que una de las causas más frecuentes de muerte
en tales épocas era la malnutrición. Evidentemente, esto ha
cambiado drásticamente en la actualidad por cuanto se la reconoce
como un problema de salud pública que tiene importantes
complicaciones a corto, medio y largo plazo. Tan es así, que la
Organización Mundial de la Salud en su 57ª asamblea del año 2004
la declaró como la “epidemia del siglo XXI” y estableció un
programa que pretendía prevenirla desde la infancia: la denominada
estrategia NAOS – Nutrición, Actividad física, Obesidad y Salud.
¿Tanto ha
sido el incremento en las tasas de obesidad? Sin duda,
en tan solo 15 años se ha triplicado en España su incidencia de un
4.5% (estudio PAIDOS, 1984) a un 13.5% (estudio EnKid, 2000); y si
se tiene en cuenta el sobrepeso, esta asciende hasta el 26%. Este
incremento tan alarmante no solo es propio de los países
desarrollados sino también de los países en vías de desarrollo en
los que la desnutrición de las clases bajas coexiste con la
obesidad de los estratos sociales más altos.
¿Qué factores
han influido en esta verdadera pandemia? Desde que se
sentaron las bases del progreso tecnológico a finales del
siglo XIX con la Revolución Industrial, la disponibilidad de
alimentos ha sido cada vez mayor. A día de hoy, con la mejora de
los transportes y los avances en la conservación de los alimentos,
el acceso a cualquier tipo de producto alimentario más o menos
manufacturado es inmediato. También el progreso tecnológico es
responsable de la síntesis de sustancias que atraen al “cliente”
por su alta palatabilidad y escaso poder saciante (alimentos muy
saborizados y que apenas hartan). Estas sustancias son las grasas,
fundamentalmente ácidos grasos saturados y trans, y los azúcares
refinados. Otros factores contribuyentes son:
- Las fuentes de
información (TV, revistas) contribuyen al consumo de
alimentos, principalmente los ricos en las sustancias
anteriormente mencionadas (ácidos grasos y azúcares refinados). Un
estudio norteamericano demuestra que un niño que finaliza la
escuela ha visto más de 5000 anuncios que incitan al consumo de
este tipo de productos.
- El brutal incremento del
sedentarismo de nuestros niños está igualmente influido por
muchos otros factores: la utilización del transporte (moto, coche
o autobús) para desplazarse en cortas distancias, la disminución
del ejercicio físico en los colegios (gimnasia) en pro de
actividades intelectuales, los peligros de la calle (delincuencia,
tráfico, drogas) y, de nuevo, la televisión: otro estudio similar
llegó a la conclusión de que de 24 horas semanales de ocio de que
dispone un niño, 15 horas son dedicadas a estar sentado frente a
una pantalla.
En base a estos estudios, la Academia
Americana de Pediatría estableció las siguientes recomendaciones:
“ausencia de pantalla” en menores de 2 años, máximo de 1-2
horas/día en mayores de esta edad y no disponer de un aparato de
TV o similar en la habitación del niño.
- Los factores
socioeconómicos influyen de manera diferente según el nivel de
desarrollo. Así pues, en los países desarrollados las tasas de
obesidad son mayores en los estratos de menor nivel socioeconómico
por motivos educacionales, en los hijos de madres que trabajan, en
las familias con menor número de hijos y en los de procedencia
urbana. Por el contrario, la prevalencia de ésta en los países
subdesarrollados es mayor en los estratos altos de la sociedad por
motivos obvios: el resto de la población se “muere de hambre”.
- Los
factores
psicológicos como la depresión, el antecedente de maltrato
físico, abuso sexual o abandono, influyen negativamente.
- La obesidad parental
representa otro factor importante, máxime si ésta es materna que
multiplica la probabilidad por tres y, en caso de ser obesos ambos
padres, por diez. En este sentido, se ha comprobado en estas
familias que existe un escaso interés por educar nutricionalmente
a sus hijos y que la restricción alimentaria es escasa.
Paradójicamente, también la excesiva restricción alimentaria
aplicada por unos padres constituye un factor de riesgo para ser
obesos durante la adolescencia.
- La nutrición del feto y
el niño durante el primer año de la vida resulta esencial en este
sentido: el antecedente de retraso de crecimiento intrauterino
(niños con bajo peso al nacer) incrementa las probabilidades de
ser obeso en la época adulta. Por el contrario, la lactancia
materna durante los primeros 6 meses protege, en cierto modo, de
padecer obesidad posteriormente.
- El rebote adiposo
que explica el sutil engorde de nuestros niños poco antes de la
pubertad (después de los 7 años) es un fenómeno normal que los
prepara para los cambios tan importantes que acontecerán en ese
periodo. Si éste sucede precozmente (antes de los 6) o es
muy importante, la probabilidad de ser obeso en la época
adulta es mayor.
¿Cuáles son
las complicaciones del exceso de peso? Esta pregunta
contiene un error fundamental: exceso de peso NO es obesidad.
Obesidad o sobrepeso significan, en realidad, exceso de grasa
con respecto al peso total. Como no es fácil disponer de métodos
que permitan calcular solo la cantidad de grasa para compararla
con el peso, hace dos décadas que llevamos utilizando un parámetro
que se aproxima mucho a esta definición real de obesidad: el
índice de masa corporal (IMC), que se obtiene de la siguiente
fórmula: 100 x peso en kg / talla2 en cm. Aunque en
adultos se dice que existe sobrepeso si supera el valor de 25%, y
obesidad si supera el 30%, en la infancia, sin embargo, dado que
la cantidad de grasa cambia con la edad y el sexo, deben
utilizarse tablas de IMC; de este modo, se dice que
existe sobrepeso si éste supera el percentil 85, y obesidad si
supera el percentil 95.
Lógicamente, estos límites numéricos
(p85 y p95) no se han escogido arbitrariamente sino que guardan
relación con la pregunta que formulamos hace un instante: las
complicaciones, que aparecen cuando se superan los límites
mencionados.
-
En la infancia temprana,
el ser obeso conlleva:
o
Trastornos ortopédicos:
el exceso de peso sobrecarga la articulación de la rodilla y
genera el denominado genu valgum (piernas en X), incurvación de
los fémures, aplastamiento de la base de la tibia y/o
epifisiolisis (fractura del cuello femoral).
o Trastornos
respiratorios: disnea de esfuerzo (sensación de “falta de aire”
ante un mínimo esfuerzo), síndrome de apnea obstructiva durante el
sueño (ronquidos y respiración dificultosa que, a largo plazo,
daña la función del corazón)
o Trastornos psicológicos:
ser obeso implica, en muchos casos, una discriminación social que
lleva al aislamiento, a una pobre imagen de sí mismos, a una
actitud antisocial y, finalmente, a la depresión y a la
inactividad que cierran un círculo vicioso cuando, además, el
comer llega a constituir el único estímulo gratificante.
- Cuando la
obesidad se
mantiene durante largo tiempo aparecen complicaciones que la
perpetúan, e instauran lo que será origen de la causa más
frecuente de muerte del adulto obeso: el riesgo cardiovascular. De
hecho, la posibilidad de ser obeso de adulto es mayor si se es
obeso ya de adolescente en un 80% o si la obesidad es de tronco
(aumento de perímetro abdominal = obesidad androide).
o Hiperinsulinismo: la
insulina, hormona del páncreas que mantiene los niveles de azúcar
en sangre, debe aumentar debido a que el exceso de grasa impide su
función. Este exceso de insulina (hiperinsulinismo) es responsable
de la pigmentación “sucia” del cuello o las axilas del niño obeso,
del aumento del colesterol malo en sangre, de la hipertensión
arterial y del acumulo de grasa en hígado. Cuando este exceso de
funcionamiento pancreático fracasa aparece la diabetes mellitus
(exceso de azúcar).
o Otras: ginecomastia
(aumento de las mamas en el niño), colelitiasis (piedras en la
vesícula), etc.
- En un
último estadio,
las complicaciones anteriormente mencionadas (hipertensión
arterial, hipercolesterolemia y diabetes) aceleran el acumulo de
colesterol en las arterias (arterioesclerosis –figura 2) y el
riesgo de infarto de corazón, cerebral, etc.
¿A qué se
debe la obesidad? Ya hemos hablado de ello en el
apartado de los factores de riesgo, si bien, hay niños que no son
obesos en presencia de tales factores y, a la inversa, niños muy
obesos con apenas riesgos para padecerla. En tales circunstancias
puede suceder que exista alguna enfermedad de base (el
hipotiroidismo, el consumo de diversas sustancias –
antidepresivos, antiepilépticos,…- el exceso de corticoides, etc)
que su Pediatra deberá investigar. Con todo ello, clásicamente se
ha dividido a la obesidad en dos grandes grupos:
- la
obesidad exógena,
esto es, aquella en la existe un desequilibrio a favor del consumo
de alimentos sobre el de actividad física. A este nivel es donde
influyen los factores de riesgo anteriormente mencionados.
- la
obesidad endógena,
aquella en la que existe una causa bien definida (hormonal o no) y
que no depende del desequilibrio anteriormente referido.
Representa una causa rara de obesidad (mneos del 5% de los casos) y suele
tener un tratamiento específico.
¿Qué
alternativas de tratamiento existen para el niño obeso?
Cuando su Pediatra determine que su hijo padece de un
sobrepeso-obesidad exógena, el tratamiento exigirá del
cumplimiento riguroso de tres pilares fundamentales: el dietético,
el ejercicio físico y los cambios de conducta:
-
El tratamiento dietético en
la infancia no obliga, salvo en contadas excepciones, a la
pérdida de peso si no a mantenerlo a través de unas sencillas
normas dietéticas que exigen, resumidamente, comer 5 veces
al día (el desayuno es inexcusable), ni más ni menos, cumplir
con la denominada pirámide de los alimentos (más hidratos de
carbono que grasas y, más grasas que proteínas) y la exclusión
rigurosa del picoteo y del consumo de chucherías. Por el
contrario, la pérdida de peso mediante dietas deberá
seguir un control médico exhaustivo para evitar una de las
complicaciones más comunes: la pérdida de masa muscular… esto
es, que persista la misma cantidad de masa grasa lo que, según
definimos, implica seguir estando obeso, y disminuya la de
músculo: “obeso malnutrido”.
-
El ejercicio físico no ha de
faltar nunca pero es fundamental que sea progresivo y de tipo
aeróbico (bicicleta, correr, futbol, baloncesto, etc). Las
ventajas del mismo son incuestionables: hace perder masa grasa,
“mejora el metabolismo” al impedir a largo plazo que los
alimentos se almacenen en forma de grasa, mejora la tensión
arterial, incrementa el colesterol bueno, mejora sustancialmente
la autoestima y la depresión, y mantiene el peso perdido mejor
que una dieta.
-
La modificación de conducta
debe acompañarse, en muchos casos, de ayuda psicológica que
evite el frecuente fracaso de estas medidas.
El tratamiento medicamentoso que
reduce el hambre o impide la absorción de grasas solo está
autorizado en niños mayores de 12 años y obliga forzosamente al
cumplimiento de las medidas anteriores si se desea posibilidad de
éxito. Además, precisa de un seguimiento médico que vigile los
posibles de efectos adversos y/o la pérdida de masa muscular.
El tratamiento quirúrgico reduce,
reversible o irreversiblemente según la técnica, el volumen
gástrico o la absorción intestinal de los alimentos. Debido a que
son muy probables los efectos adversos y a que el éxito no siempre
está garantizado, estas técnicas agresivas quedan reservadas para
casos graves de obesidad en adolescentes y exigen el cumplimiento
estricto de criterios de índole médica, psicológica e, incluso,
ético-social.
Por último, ni que decir tiene que la
prevención de la obesidad en la infancia evitaría todo lo que
hemos contado... |